viernes, 21 de octubre de 2011

El origen de la explotación del grafito en Sonora



Ha empezado a circular una leyenda acerca del origen de la explotación del grafito en Sonora. Debido a que éste fue el tema con el que inicié este blog, en agosto del año 2010, procede volver a tocar el tema del grafito cuidando la precisión que requiere el respeto a las personas que se toman el tiempo para leer lo que publico.


La receta para ser precisos y respetuosos del lector es muy simple. Es la misma que se usa cuando se dedica uno al trabajo científico: para no contar mentiras, lo correcto es revisar las fuentes a las que se recurre y comparar los datos cuidadosamente.

Foto de un minero en el año 1912 en la mina Santa María. Después conocida como El Lápiz.

Existe una revista publicada por Lenny Alejandro Gutiérrez Quihuis, se llama “Revista de Historia de Pueblos Abandonados” y constituye un esfuerzo notable en el que el primer problema está en obtener la información necesaria para escribir sobre una población en la que ya no quedan habitantes. El segundo es obtener los recursos necesarios para publicar lo que se escribe, lo cual constituye una tarea muchas veces extenuante, toda vez que los patrocinadores no se vuelcan sobre los trabajos de historia para apoyarlos.

Gutiérrez Quihuis hace un gran esfuerzo y es digno de alabarse. No es agradable criticar a esta revista, menos aún cuando forma parte de esa prensa marginal, y marginada, que trata de salir adelante como puede y cuando puede. Lo sé por experiencia personal.


Sin embargo, en el tema que abordaré, Lenny ha consultado fuentes que le han mentido a él, y como consecuencia, su muy apreciable esfuerzo se ha visto perjudicado.



Hay además una tesis de licenciatura fechada en el año de 1994, presentada en la Universidad de Sonora para obtener el título de Ingeniero Industrial y de Sistemas, con Raúl Torres Curiel como sustentante.


En los primeros cinco renglones de la página 10 de su tesis, Torres Curiel afirma que el descubridor del primer yacimiento de grafito fue una persona de apellido Aguirre, quien con empresarios alemanes habría intentado explotar el mineral.


Se requiere revisar los archivos donde se contienen las denuncias de minas para saber si lo anterior es verdad, además de la presunta presencia de empresarios alemanes en una fecha (1867) en la que todavía faltaban cuatro años para que esa nación naciera como tal. Si esa denuncia de yacimiento existió, en el año de 1891 ya no era válida. Más aún, la utilidad del grafito casi no iba más allá de la fabricación de lápices, pues sus propiedades para la fabricación de electrodos, lubricantes sólidos, revestimiento interno para hornos de temperaturas muy altas, o pigmento de pinturas, no eran técnicas dominadas en la época.


En las fuentes revisadas por mí, en los Estados Unidos no se registra un solo mexicano que haya incursionado en el grafito. Los gambusinos murieron en la pobreza o en los tiros de las minas, soñando con la posibilidad de hacerse ricos alguna vez, pero también, los dueños de los terrenos aledaños se quedaron en la ensoñación de una historia familiar de abolengo. Los trabajos de rigor universitario tienen la obligación de ser más rigurosos. Estos tienen la obligación de ir a las fuentes fidedignas.

La tesis de Torres Curiel acierta cuando afirma que la explotación del grafito, para su exportación, fue posible cuando dos hermanos de apellido Wickes establecieron los contactos apropiados para ese fin. Pero falla cuando afirma que un Aguirre bautizó a la mina como El Lápiz, efectivamente se llamaba así en los años 1930, pero en esas mismas fechas se contaba en el poblado que antes se había llamado Santa María, que es como se le reconoce en un artículo publicado en el diario Pittsburgh Gazette Times en 1912. No está claro hasta cuando se conservó el nombre oficial con el que se le llamaba en las publicaciones estadounidenses, pero ya avanzado el siglo XX, en las actas de nacimiento levantadas en La Colorada se empezó a escribir el nombre: El Lápiz.

Frank Hess, geólogo minero muy reconocido en los Estados Unidos, publicó en la revista científica Science una nota sobre el grafito de Sonora, refiriéndose a la mina con el nombre de: Santa María. Procede decir que este experto visitó la región entre los años 1907 a 1908 realizando trabajos de inspección. Y si consideramos que la explotación de la mina de San José de Moradillas tomó importancia paulatina después de 1915, uno puede especular que fueron sus trabajos los que atrajeron las inversiones más grandes para la explotación de este mineral.

En agosto de 2010 escribí que el grafito usado para la primera pila atómica y para los reactores nucleares construidos para producir plutonio para las bombas se embarcó en Estación Moreno. Éste provenía de las vetas de San José de Moradillas, como puede verse en la siguiente gráfica del reporte de 1960 de los Estados Unidos. Allí se nota que la contribución de México al grafito importado por los estadounidenses era poco en el año de 1901, comparado con el de Ceilán y Madagascar en primer lugar, seguido de Canadá y de otros países. Claramente se aprecia que el grafito mexicano, específicamente de Sonora, tomó importancia cuando El Lápiz ya era una mina agotada. Mientras que la mina Lourdes, y la Cobalmar, entre otras relativamente importantes, no surgieron sino hasta mucho tiempo después.


Los hermanos Wickes como fundadores de la explotación del grafito en Sonora.

La empresa Wickes mantiene una publicación oficial en la que relatan que la familia Wickes fue fundada por los hermanos Henry y Edward Wickes, establecidos en Flint, Michigan, desde 1854. Ellos eran comerciantes de sierras que funcionaban por medio de vapor y son señalados como precursores en esta clase de maquinaria.

El portal de la empresa Wickes relata que, mientras vacacionaban en México, Henry y Edward Wickes escucharon comentarios acerca de un deposito de grafito que se encontraba cerca del sitio donde se hospedaban. Después de una exploración personal, encontraron enormes vetas de este minera en las montañas desiertas al sur de La Colorada, México. Un análisis posterior de las muestras indicó un contenido de carbono de 85%. ambos le transmitieron la información al hijo de uno de ellos, de nombre Henry, quien formó la empresa United States Graphite en el año de 1891. Enseguida adquirieron un almacén junto a las instalaciones del ferrocarril en Saginaw y tramitaron el apoyo del gobierno de México y de la empresa ferrocarrilera Southern Pacific Railroad, la cual construyó ramales laterales necesarios para cargar el metal de manera barata tanto en Sonora como en Michigan.

Las construcciones necesarias incluían vías alternas de algunos cientos de metros de longitud, como la que se ve enseguida de Estación Torres




La empresa de los hermanos Wickes empezó a trabajar la mina y a llevar el material a Michigan, donde desarrollaron la construcción de pintura, material para fabricar lápices, y muy importante, un lubricante a base de grafito que podía soportar altas temperaturas. Se expandió durante los años previos a la Primera Guerra Mundial debido a la manufactura de brochas de carbono para los generadores de corriente eléctrica, o de contactos para la operación de motores eléctricos. Los hermanos Wickes murieron súbitamente, con un mes de diferencia, en la Ciudad de Guadalajara.


El relato de William Deming Hornaday

El DOMINGO 15 de diciembre de 1912, el diario estadounidense Pittsburgh Gazette Times, publicó un artículo enviado desde la ciudad de Hermosillo, Sonora, en México, firmado por W. D. Hornaday, quien lo había enviado a la redacción con fecha de 7 de diciembre de ese año. Se intitulaba: Mexico Supplies World's Graphite filling for 80 Per Cent of the Pencils Comes from Santa Maria Mines. Dejabo del título agregaba: THEIR ROMANTIC STORY.

El autor del artículo era William Deming Hornaday , un periodista estadounidense que había sido corresponsal de guerra durante los enfrentamientos que llevaron a la caída de Porfirio Díaz y quien gozaba de mucho prestigio entre los medios de prensa de los Estados Unidos en esas fechas. Buena parte de sus escritos se conservan ahora en la biblioteca de la Universidad de Texas.

Traducido al español, el título del trabajo de Hornaday significa: “México proporciona el grafito del mundo, llenando el 80% de los lápices, proviene de las Minas de Santa María”. Apareció en la página 8 de la segunda sección del diario, a la izquierda de un enorme anuncio de una empresa que vendía muebles, se llamaba Wildberg y estaba en la avenida Penn, en esquina con Garrison Alley.

El artículo que relato se ilustraba con la fotografía de un trabajador del grafito. Es la que aparece al inicio de esta contribución a mi blog. Era un joven delgado y moreno, con un sombrero redondo, parado junto a uno de esos carritos metálicos que corrían sobre rieles pequeños y se usaban para cargarlos de grafito. Hornaday mencionaba que las Minas de Santa María se encontraban a 20 millas de La Colorada, el lugar más cercano con una vía de ferrocarril. Se trataba de las minas del sitio que después fue conocido como El Lápiz y que en algunos sitios se le menciona ahora como El Lápiz Viejo.

William Deming Hornaday relata que, por la falta de ferrocarril, el grafito de estas minas no pudo ser explotado sino hasta el año de 1891, aún cuando los yacimientos habían sido descubiertos desde 1867. las razones mencionadas allí son: 1) lo remoto del sitio, 2) la ausencia de servicio de transporte por vía férrea y 3) el hecho de que el grafito era poco interesante porque su importancia industrial era muy reducida.

El autor relata que fue después de 1895 cuando los propietarios de la mina Santa María empezaron los trabajos que él consigna en su artículo. Hornaday cuenta también que uno de los problemas principales era el aprovisionamiento de agua, la cual era proporcionada a los trabajadores de las minas por medio de diversos pozos que se encontraban aproximadamente a 800 metros (media milla) de la mina. Era bombeada a un tanque por medio de bombas que funcionaban a base de gasolina y enseguida era traslada a las viviendas y a otro tanque donde era almacenada.

No era agua corriente a través de tubería como en las ciudades actuales, y de hecho, William Deming Hornaday da a entender que ésta estaba racionada, pues dice que se acarreaba en recipientes de aproximadamente 20 litros cada uno (5 galones) y a cada familia le correspondían 10 galones diarios, es decir, un poco menos de 40 litros de este líquido.

El grafito era llevado por un camino de tierra a La Colorada, en vagones que eran jalados por grupos de 10 a 14 mulas. Para 1912 ya existía un ramal del ferrocarril que iba desde este poblado hasta Estación Torres, de modo que una vez allí su movilización hacia los Estados Unidos se facilitaba.

El trabajo para construir la línea de ferrocarril de Guaymas a Nogales inició en 1880 y quedó terminado en 1882, siendo inaugurado en octubre de ese año. Se usaban máquinas de vapor, que necesitaban frecuentemente de aprovisionamiento de agua, razón por la cual en el diseño se estableció una estación de ferrocarril con pozo y tinaco cada 25 o cada 30 kilómetros. Así, al sur de Hermosillo se encontraba Estación Willard, después Estación Torres y enseguida Estación Moreno.

En línea recta la estación de ferrocarril más cercana era Estación Moreno, pero en términos topográficos, entre la mina de Santa María y este sitio se interponía el cruce de dos cordilleras con elevaciones superiores a 400 metros sobre el nivel del mar en muchos puntos. En consecuencia, lo más razonable era escoger como punto de embarque del grafito a Estación Torres.

Una foto de esa serranía se presenta enseguida. Tiene casi 20 kilómetros de largo, está orientada de norte a sur y en algunos sitios tiene casi 10 kilómetros de ancho.



En temporada de lluvias, el camino a Estación Torres obligaba al cruce de lo que en los años 1940 hasta 2000, era llamado el arroyo de Las Uvalamas, que implicaba un obstáculo notable por la cantidad de lodo y arena que se generaba durante varias semanas.

El problema para el transporte del grafito fue resuelto en forma satisfactoria después de 1896, cuando fue autorizada la construcción de un ramal del ferrocarril para establecer una conexión desde Estación Torres hasta La Colorada, con lo cual queda bien contextualizada la descripción dada por Hornaday.

El camino desde la mina Santa María hasta La Colorada era más recto y con menos accidentes naturales. Enseguida presento una fotografía del estado actual de uno de esos caminos, que todavía se sigue usando por razones distintas a la minería.



Hornaday relata que las casas de los trabajadores se localizaban a un lado de la mina y que ganaban de 85 centavos a un dólar por día, con jornadas de 9 horas de trabajo. Describe al poblado como una comunidad muy pintoresca.

De acuerdo a este periodista, el dueño de la mina era Eugene McSweeney a través de la empresa Saginaw, que en este tiempo era una asociación que en el derecho mercantil estadounidense recibe el nombre de “syndicates”. Este dueño moriría a la edad de 46 años el primero de marzo de 1914.

La mexicanización de la industria minera

Después de 1965, aplicando las políticas impulsadas por Adolfo López Mateos, el entonces presidente Gustavo Días Ordaz dio forma a la nacionalización de la industria minera mexicana, asunto que los estadounidenses lograron resolver sin mayor problema para ellos. Para esa fecha ya habían surgido otras minas más, ahora en manos mexicanas, pero de todas las empresas que se formaron, solamente subsiste una porque las demás se fueron a la quiebra.

La capacidad minera de quienes se pretenden ahora como precursores de la industria del grafito queda demostrada en la brevedad de su incursión en ellas. Sacar grafito para venderlo casi en breña, en lugar de tratar de dominar todas las técnicas necesarias para su industrialización, que era lo que realmente dejaba ganancias, estaba fuera de sus conocimientos, de sus contactos y del espíritu emprendedor de los estadounidenses.

La leyenda de precursores del grafito.

En las últimas dos décadas ha tomado fuerza una leyenda sobre los precursores del grafito en Sonora. En ésta se promueve que los dueños de los terrenos aledaños a la mina Santa María (El Lápiz), descubrieron los yacimientos e iniciaron la explotación de este mineral.

Siempre han existido familias que sueñan con obtener un abolengo para ser reconocidas por algo en la historia, pero cuando se funda en falsedades, y pasa a las tesis universitarias y a las publicaciones que se suponen rigurosas, las cosas toman un tinte distinto.

La realidad es que los yacimientos de grafito los conocían todos los vaqueros de la zona y todos los cazadores que se internaban en esa cadena montañosa. Además, hay algo que los presuntos historiadores formados en el rigor científico ignoran, o callan, en complicidad con el estado de cosas imperante. Me refiero al despojo del territorio de la etnia Yaqui. Como abundaremos en otra ocasión, esta tribu reclamaba para si una franja de tierra que iba desde la sierra del Bacatete hasta Guaymas, y de allí, hasta un cerro conocido como El Chivato, ligeramente al noroeste de El Lápiz. Ellos se movían sobre toda la serranía porque era fundamental como coto de caza para su forma de vida y recurrían al agua, abundante en el verano, de la cuenca del arroyo de las Uvalamas, incluída una zona que ahora llaman El Cajón de la Uvalama. Por lo tanto, todos los sitios donde se ubicaban los yacimientos eran cercanos al territorio de los Yaquis, o estaban dentro de éste. Eso generaba inestabilidad y desconfianza entre la población de mestizos que pretendía situarse formando rancherías al sur de La Colorada. La realidad es que en 1867, cuando se presume el descubrimiento de los yacimientos de grafito, el sitio donde después nació la mina Santa María, después conocida como El Lápiz, estaba en los linderos del territorio de los Yaquis.

El problema fue resuelto, satisfactoriamente para los mestizos, mediante la represión de Porfirio Díaz en contra de la etnia Yaqui, después de 1885, cuando éste militar convertido en Presidente se puso como meta el exterminio de esa tribu.

Pretender que antes de esa fecha había comerciantes precursores del grafito es, para decir lo menos, un cuento chino que resulta difícil de creer entre las personas informadas sobre la historia de fines del siglo XIX en esa zona de Sonora.

Es bien sabido que el gobierno de Porfirio Díaz favoreció a los empresarios extranjeros, de modo que cuando los hermanos Wickes hicieron la denuncia de los yacimientos de grafito, ninguno de los presuntos precursores apareció para oponerse, si acaso fue verdad que alguna vez tuvieron un interés comercial por este mineral.

La verdad es que no tenían ni la información técnica, ni los contactos comerciales, ni los accesos a los créditos, ni mucho menos la formación empresarial de los Wickes. Tampoco aparecieron cuando, después de 1901, la empresa Saginaw, con Eugene McSweeney a la cabeza, tomó el control de la explotación del grafito, de su transportación, exportación a los Estados Unidos e industrialización del mismo.

La empresa Wickes sigue existiendo en la actualidad. La empresa Saginaw también, lo cual demuestra que sus fundadores legaron corporativos económicos tan fuertes que pudieron seguir funcionando aún sin su presencia. En cambio, la mina de Santa María, conocida como El Lápiz al menos a partir de los años 1930, se agotó.

Después de la Primera Guerra Mundial tomó auge la mina de San José de Moradillas, que optó por conectarse hacia Estación Moreno rodeando por el sur la serranía que hemos mencionado. Pero ésta, para los años 1970, estaba en franco declive y ahora es una colección de ruinas.

Los presuntos precursores nunca tuvieron la habilidad para superar el hecho de que el capital social de la empresa extractora de grafito contrastaba con una deuda ocho o doce veces superior. Jamás concibieron la iniciativa de asociarse con inversionistas que crearan en México la cadena de producción industrial que procesara los derivados del grafito. Formalmente eran los propietarios del 51% de las acciones de la empresa, pero con el otro 49%, más la deuda transferida por los empresarios gringos, el control estaba en manos de los estadounidenses. La fuente de los datos me la guardo.

Vuelvo a repetir, la empresa Wickes y la empresa Saginaw aún existen. Las otras no. Vistos los datos anteriores, era obvio quién mandaba en las minas de grafito.

 Los efectos de las políticas equivocadas son visibles en esta región abandonada. El camino de San José de Moradillas a Estación Moreno, que una vez fue muy bien cuidado, y con un mantenimiento de primer nivel, se encuentra ahora como se aprecia en la foto que sigue


lunes, 25 de julio de 2011

Una llave en Estación Moreno, Sonora. Hecha por un herrero.







Había en Estación Moreno, Sonora, una llave fabricada a golpe de marro y de martillo contra un yunque.

Estaba guardada en el fondo de una gran caja, envuelta en una servilleta recortada a partir de la tela de un saco de harina. Pasó muchos años allí, sin que le diera nunca el sol, y sin mojarse, hasta que un día el propietario se la regaló a una de sus hijas.

Fue fabricada en la década de los años treinta del siglo XX en una fragua de un pueblo de Jalisco llamado Teocuitatlán.

Ese pueblo era autosuficiente en casi todas las herramientas y utensilios que ocupaba. En las fraguas se trabajaba el hierro para darle a las piezas de metal la forma y la dureza que iban a necesitar. Podía tratarse de una cuchara, de un cuchillo, un sartén, una daga, un clavo, una herradura, o también, de la superficie que rodeaba a las ruedas de las carretas, como si fueran suelas de zapato. Las mismas que todavía se ven en las películas ambientadas en los tiempos del lejano oeste norteamericano.

Para explicar qué eran las fraguas, nos vamos a valer de la siguiente figura, donde se presenta uno de los métodos usados en la antigua China. En esencia, en México era lo mismo, pero variando los tamaños y los acomodos de las componentes para adecuarse al espacio disponible.




El primer paso era encender la fragua, se trataba del fuego (o lumbre) que se usaba para incrementar la temperatura del pedazo de metal. Se necesitaba una pequeña fuente de calor, como trozos pequeños de madera, enseguida un leño y después el carbón. Éste podía ser de madera o carbón de piedra. Para que alcanzara una temperatura suficientemente alta era necesario echarle aire, lo cual se hacía por medio de un instrumento llamado: fuelle. Ésa es la función del chinito que observamos sentado a la izquierda del dibujo.

Era necesario echarle aire hasta que se alcanzara la temperatura esperada, pero no había termómetros en las fraguas mexicanas; en cambio, había mucha experiencia acumulada durante siglos, misma que permitía leer en los colores del hierro el objetivo que se estaba alcanzando.

Los herreros sabían que un pedazo de metal calentado hasta adquirir un color rojo pálido suavizaba el metal lo suficiente para darle la forma deseada, aunque entonces sería una pieza demasiado blanda, que podría servir para una cuchara de cocina, pero no para un cuchillo, ni para un gancho utilizado entre los elementos para jalar una carreta, o un arado.

Sabían también que si el pedazo de metal pasaba del rojo pálido al rojo oscuro, la pieza de metal iba a adquirir mayor dureza. Todavía más si pasaba al rojo brillante, o al color naranja y más todavía, si el metal calentado alcanzaba el amarillo claro, o lo que se llama rojo blanco, que es todavía más caliente. Aunque parezca un contrasentido, ese nombre existe.

Entonces el ayudante que trabajaba en el fuelle tenía que moverlo una y otra vez para soplar todo el tiempo necesario. Alcanzado el color deseado, la pieza se tomaba con unas pinzas especiales para cortarla con una herramienta similar a la de las tres fotos insertadas enseguida.






El herrero le daba la forma deseada a base de marrazos, o de martillazos, según fuera necesario, y para eso, con lo único que contaba era con su propia fuerza, su experiencia y su habilidad en el manejo de sus herramientas. Ser herrero no era cosa de llegar a pedir un trabajo nada más.

De acuerdo a los conocimientos modernos podemos explicar qué se lograba calentando los pedazos de metal hasta lograr los colores arriba mencionados. Se sabía fabricar acero desde hacía siglos, pero se desconocía que el proceso consistía en ir combinando el hierro con el carbón para formarr acero. Ahora también sabemos que se obtiene acero agregándole alguno de los siguientes elementos químicos: silicio, manganeso, fósforo, azufre, etcétera. Pero en México en el siglo XIX la química eran casi desconocida y así se mantuvo hasta la primera mitad del siglo XX.

A medida que el hierro era calentado, absorbía carbón del fuego de la fragua. Los aceros más duros se lograban cuando el pedazo de hierro alcanzaba más del 1% de carbón, pero para eso era necesario llegar hasta el rojo blanco, que corresponde a una temperatura de más de mil 200 grados centígrados, o 2 mil 200 grados farenheit en el sistema inglés. Sin embargo, con el acero demasiado duro se presentaba el problema de que su exagerada dureza lo hacía quebradizo e inútil en circunstancias en que la pieza debía tener capacidad para doblarse ligeramente.

Por ejemplo, las carretas llevaban unas piezas con forma de arco entre los ejes de las ruedas y el carro que llevaba la carga. Se les conocía con el nombre de muelles y eran idénticas a las que observamos todavía en la parte trasera de los carros pick-up, o troques, como se les conoce en otros sitios. Claramente la capacidad de esos arcos es la de poderse doblar y desdoblar para amortiguar la carga, por lo tanto, si el acero era demasiado duro, simplemente no servía, porque en lugar de doblarse se quebraba en el momento más inoportuno.





Un acero de buena calidad se lograba calentando el hierro hasta alcanzar un color rojo similar al de una ciruela, lo cual corresponde a cuando menos 750 grados centígrados de temperatura, o sea, casi mil 400 grados farenheit.

Sin embargo, no era suficiente con el trabajo ya descrito. Además, una vez terminada la pieza seguía el proceso de templado, lo cual se lograba enfriando rápidamente el trozo de metal. Para lograrlo se introducía en agua o en aceite. La velocidad con que esto se hacía era importante y la vigilancia del color también jugaba un papel, de modo que la experiencia personal de cada herrero resultaba fundamental. Por eso había buenos y malos herreros. Y obviamente, un buen herrero podía estar dispuesto a enseñarle a su hijo, pero no a un competidor.

El proceso de templado del metal incluía sacarlos al aire de manera intermitente para evitar que las piezas se enfriaran de manera diferente, y si esto no se hacía de manera correcta, las distintas partes de la herramienta fabricada adquirían diferente dureza.

Puede verse que el oficio del herrero era extremadamente duro y complicado, por eso, cuando aparecieron los métodos modernos de soldadura, los herreros los desconocieron como colegas, pues para ellos se trataba simplemente de soldadores.

Con todo lo explicado se puede uno imaginar que construir la llave de la foto de arriba fue algo complicado. Pero también es interesante saber por qué la fabricó un joven que probablemente no cumplía los 18 años todavía.

Resulta que en el centro del país había costumbres extremadamente celosas. Hace apenas 40 años, a los novios no se les permitía pasar a la sala de la casa a conversar con las novias. Es probable que esa costumbre exista aún, y por eso, no podían hacer otra cosa que platicar parados en la banqueta, a un lado de la casa donde vivía la joven pretendida. A los enamorados que estaban de visita se les decía, de manera chusca, centinelas.

Pero a principios del siglo XX era todavía peor, en muchas familias se les prohibía a las jóvenes hablar con los novios. Aunque esta práctica no detenía ni a los pretendientes ni a las pretendidas, pues esperando a que los padres, tíos, tías, abuelos, abuelas, se durmieran, salían a hurtadillas a la puerta del zaguán y se hincaban en el suelo para platicar en la oscuridad con el pretendiente, sin verse las caras, y con voz lo suficientemente débil como para no despertar a los mayores que ejercían la autoridad en la casa.





A veces, hablando tan bajito se deformaba demasiado la voz de la muchacha, de modo que el pretendiente no podía reconocerla. Así, en más de una ocasión, el muchacho hincado en la banqueta de la calle, creyendo que hablaba por debajo de la puerta con la joven, estaba en realidad conversando con la madre o con la tía. No hace falta describir las consecuencias de ese error.

El celo se extendía también a los hijos, especialmente si estos eran eficientes en su trabajo y rendían buenos frutos en el campo, en el taller de carpintería, en la fragua del herrero, o en los corrales tratando con el ganado capturado para algún propósito.

Permitir que se durmieran a altas horas de la noche implicaba no tenerlos temprano, y trabajando, al día siguiente. O distraídos, y somnolientos, en momentos en que su deber era estar atentos al trabajo que se hacía. Como por ejemplo, cuidar el color de las piezas del metal en la fragua.

La supuesta solución era cerrar la puerta a cierta hora para que ya no saliera nadie de la casa.

Además de las razones provenientes del celo paterno, o materno, había el temor permanente de que algo le ocurriera a los hijos en las condiciones de vida de los estados del centro de México en la década de los años 30 del siglo XX. Allí la revolución mexicana había dejado más de un millón de muertos, y mucha tristeza. Después, la guerra del clero católico mexicano en contra de las orientaciones de los gobiernos posteriores a la revolución generó más muertos, y por supuesto, muchos resabios y deseos personales de venganza. También, la repartición de la tierra, especialmente después de 1934 con el General Lázaro Cárdenas, se hizo en contra de la voluntad de los terratenientes, quienes en muchos casos pagaron guardias que vigilaron y cuidaron sus intereses hasta llegar al asesinato si se hacía necesario.

Tener miedo por los hijos era, y sigue siendo, algo natural. Pero pretender detenerlos cerrando la puerta para que ya nadie saliera era algo absurdo, más si los hijos eran buenos estudiantes del oficio de la herrería, porque simplemente hacían otra llave . ¡Y ya!


sábado, 26 de febrero de 2011

La historia de dos vasos

Una temporada las chivas tuvieron 57 cabritos, era diciembre y de pronto nacieron decenas de animales. Todos juntos en menos de diez días.



Cuando todos los hijos de Don Miguel y Doña Conchita regresaron a Estación Moreno Sonora para pasar las vacaciones de navidad, se encontraron con la nueva de que había que atender a esa cantidad de crías de dos en dos y en ocasiones batallar con una tercia porque, de manera natural, las cabras eran tan prolíficas que no tenían una parición anual como el ganado vacuno, sino dos por año. La mayoría de las veces en parejas y ocasionalmente aparecía una con cabra con tres crías.

Aquello prometía carne de cabrito dentro de pocos meses y mucha leche antes de un mes, pero mientras tanto, el tiempo invertido tenía que irse en cuidar que cada uno de los 57 recién nacidos tomara la leche de su madre a través de una ubre gigantesca que eran incapaces de levantar. Sin el apoyo de los humanos, estos morirían de hambre, pues las razas lecheras lo son porque el hombre ha intervenido en los procesos de selección para obtener animales productivos. Esta es una consecuencia que resulta favorable para los humanos pero es complicada, o imposible, para los cabritos.

Por razones como éstas, en Estación Moreno había que levantarse antes de las 6 de la mañana para terminar con la atención de las cabras unos minutos antes de las 8; siendo diciembre, eran los días más cortos del año y esa actividad terminaba cuando el Sol apenas acababa de salir. El proceso resultaba así tan ordenado que cuando esa actividad se terminaba ya esperaba el desayuno en una mesa larga, en una gran cocina que tenía una estufa de leña en una esquina, una banca larga de madera en uno de los lados de la mesa y algunas sillas en la otra, dejando una parte despejada para que por allí llegaran los platos, los vasos y las tortillas para los comensales.

Mientras tanto el alimento consistía en beber una combinación de leche, con café soluble y azúcar, más un agregado fundamental para evitar una diarrea: una pequeña cantidad de alcohol de caña. Se trataba de una bebida que se llama PAJARETE en el centro de México, y en la actualidad, lo más similar a ella es el café capuchino.

Nosotros no sabíamos qué era eso del café capuchino, aprendimos que se llamaba pajarete porque ese fue el nombre que nuestros padres utilizaban, y seguramente, ellos lo había tomado de los suyos. La preparación del pajarete viene a cuento por la historia del vaso más grande, que perteneció a Don Miguel y en 1979 viajó desde Estación Moreno, Sonora, hasta Teocuitatlán, Jalisco.

La preparación del pajarete empezaba en la cocina, con tres o cuatro cucharadas de azúcar, más media cucharada de café soluble, seguida de un chorrito pequeño de alcohol de caña, tequila o bacanora. La cantidad debía ser la estrictamente indispensable para humedecer el contenido. Así se llevaba el vaso a los corrales de las chivas, en un trayecto en el que cada quien cuidaba su vaso. Luego de limpiar la ubre de la cabra, se ordeñaba para capturar la leche sobre los vasos, en chorros tan poderosos que el azúcar se disolvía sin necesidad de disponer de una cuchara para agitar el líquido. El nivel del líquido subía por debajo de una cubierta de espuma más espesa que la de un capuchino de las cafeterías modernas. Se llenaba hasta el punto de que la espuma colmaba la orilla del vaso y amenazaba con tirarse.




La historia del vaso más pequeño es diferente y contiene algo más que un sentimiento de nostalgia, perteneció a Doña Conchita, quien siempre lo traía consigo cuando viajaba de Estación Moreno hasta Hermosillo, en un tren maloliente que ya anunciaba el abandono y el boicot en el que fue deteriorándose este medio de transporte.

Con este vaso, y una botellita de agua, viajaba también, pero en autobús, hasta Phoenix, Arizona, para visitar a su hija y a sus nietas. Llevaba sus medicinas en una bolsita, su agua y su vaso, para tomarlas en las horas indicadas por el médico. Ya era la época en que ella hervía ollas enteras de leche recién ordeñada que no podía tomar y preparaba quesos que no podía comer para cuidar el nivel de colesterol en la sangre.

Cuando todavía no se vendía el agua embotellada, y las jóvenes no tomaban agua en cantidades industriales para espantar el hambre y mantenerse esbeltas, Doña Conchita cargaba su agua para todas partes, con su pequeño vaso de aluminio, y sus medicinas, siguiendo al pie de la letra las instrucciones del médico y tratando de evitar el riesgo de beber cualquier porquería en las estaciones del ferrocarril o de las centrales camioneras.

Como tantas cosas que guardan sus historias, los vasos se conservan ahora en una casa en la ciudad de Phoenix, como el símbolo de los recuerdos que esperan para ser contados.

domingo, 3 de octubre de 2010

La producción agrícola en Estación Moreno Sonora




A un kilómetro al norte de la concentración de casas e instalaciones del ferrocarril y de la compañía minera existió una parcela de aproximadamente cinco hectáreas de terreno que era sembrado con métodos muy antiguos.

La fotografía que tenemos inicialmente nos presenta un joven no mayor de 18 años de edad, en el momento en que se dispone a dirigir un par de bestias para que jalen el arado cuyas manceras tiene en sus manos.

El animal que aparece en primer plano era una mula que había sido adquirida en La Misa Sonora por 600 pesos de los de la década de los años 1960. El animal de mayor tamaño era un macho, o mulo como se le suele llamar en otros lugares, cuya edad no conocía nadie, pues todo mundo afirmaba que cuando ellos habían llegado allí, ese animal ya vivía.

Para la especie de las mulas, el macho era un animal extremadamente grande y solo los entendidos sabían hacer la diferencia entre éste y un caballo. Del macho se contaban muchas anécdotas relacionadas con su desconfianza hacia todo y hacia todos, así como con su conducta indómita que conservó hasta sus últimos días. Murió trabajando.

En la fotografía se puede observar que el joven lleva una soga (piola en Sonora) al cuello, que apenas logra proteger con su camisa. Le servía para dirigir a los animales, especialmente en las vueltas y conservarlos siempre en las posiciones correctas. El macho debía caminar sobre la ralla que se había abierto en la vuelta anterior, mientras la mula caminaba a su izquierda y el papel del responsable del arado era mantenerla en avance paralelo a la del macho.

De los lomos de los animales cuelgan pares de cadenas que están conectadas a piezas de acero que se llaman balancines. Había un balancín para cada animal y luego estos se conectaban a un solo balancín, más grande, que estaba conectado (con otra cadena) al arado.

En cada vuelta el arado alcanzaba a barbechar menos de 25 centímetros de ancho, mientras se avanzaba en una ralla muy larga que en las regiones más cortas de aquella parcela eran más de 70 metros. Al terreno que ya había sido barbechado, como se puede apreciar en la foto, se le llamaba: una besana, que no debía ser demasiado ancha para no perder tiempo ni esfuerzo en las puntas, ya que se iba haciendo cada vez más ancha conforme avanzaba el trabajo.

Cada besana llegaba a medir hasta 10 metros de anchura, pero ésta ya era considerada demasiado ancha. En la fotografía se puede observar que al fondo del terreno barbechado había otro sin arar, es el sitio por donde se regresaría el arado para completar la vuelta.

Las casi cinco hectáreas consumían cinco días de trabajo para ser barbechadas en junio, o más tardar, en los primeros días de julio. En un trabajo que empezaba con la salida del sol y terminaba con su ocultamiento, en una rutina que platicaremos después en este blog.









El proceso de barbecho mencionado en el párrafo anterior era apenas el primer paso en la preparación de la tierra, para que recibiera la primera ración de oxígeno y los gusanos que hubiera en ella se murieran con el sol.

Una vez que pasaba la primera llovida importante, en el momento en que empezaba a crecer la hierba, se daba un segundo barbecho en forma perpendicular al que se había realizado semanas antes. Normalmente eso ocurría en los últimos días de julio, o en los primeros días de agosto, dependiendo de la manifestación de las lluvias cada año.





Para que las bestias pudieran jalar el arado a través de sus cadenas, se les colocaba un collar a cada uno, como puede apreciarse en la fotografía. Este collar era de baqueta muy gruesa y sobre ella se colocaban las horquillas de la fotografía siguiente.

El collar de la mula es ahora un adorno en una casa de Phoenix, Arizona y se guarda como recuerdo del hombre que, ayudado por sus hijos y su esposa, se aventuraba a tratar de extraer algo de cosecha en estos sitios casi desérticos.

Cuando llovía, había agua de un pequeño arrollo que se llamaba: el arrollo de la milpa y era necesario asistir a cuidar la distribución adecuada del agua, pues era lo que en el argot de los campesinos se le dice: aguas broncas.

Cuando llovía adecuadamente salía una importante producción de sorgo para la alimentación de las cabras. Se guardaba siempre una región para sembrar maíz y calabazas.

Hacia mediados de noviembre se disponía de la cosecha, que tenía que ser cortada de una forma que será comentada después.

Había elotes para la familia y calabazas para la navidad, además del alimento de las cabras.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Un radio Telefunken en Estación Moreno. La XEW, La Voz de América, Radio Moscú y Radio Habana

La foto que vemos corresponde a un modelo de radio Telefunken muy similar al que había en la casa de Estación Moreno cuyas ruinas se muestran en una fotografía más adelante.




En México se guardan y conservan las historias de vida de los políticos, de los generales y de los hombres de dinero que se amafiaron con el poder para llegar a acumular las riquezas que los hacen pasar a esa posteridad de la que ya no pueden darse cuenta.

En cambio, las historias de los seres humanos de los pueblos y los ranchos se van borrando sin trascender a los libros, ni a los periódicos, ni a ninguna parte. Quedan en las neuronas de las mujeres y los varones que los recuerdan en su calidad de parientes cercanos, hasta que la historia de los padres y de los abuelos se borra con el fin de la vida de esas neuronas que guardan las vivencias familiares.

En ocasiones se olvida hasta la historia oficial, como ya empieza a suceder con el cuartel de Ortiz, construido para cuidar los posibles levantamientos de los Yaquis después de la traición que recibieron del General Álvaro Obregón, quien luego de que los indios pelearan a su lado, se olvidó de ellos para permitir el acaparamiento de sus tierras.

Cubierto con un techo de vigas de una madera de altísima calidad, que probablemente fueron robadas por manos hasta ahora desconocidas, yace ahora como un conjunto de ruinas de las que solo nos dicen algo las placas que se encuentran en su exterior, además de uno o dos blogs a medio alimentar.


En el mismo sentido, a 25 kilómetros al norte de Ortiz, contados por la vía del ferrocarril, se encuentran en Estación Moreno Sonora las siguientes ruinas de lo que una vez fue una casa habitación



Se aprecia que era una casa con techo de dos aguas que fue abandonada cuando la compañía minera que explotaba el grafito se fue a la quiebra, luego de una cadena de traspiés que iniciaron cuando la empresa pasó a manos de un par de mexicanos ignorantes de la minería y de las buenas costumbres de la gente que vivió en esas regiones.

Una vez abandonada esta casa, es seguro que los dueños de los ranchos cercanos a Estación Moreno mandaron retirar todos los techos, con el pretexto de que la madera y las láminas fueran aprovechadas por los vaqueros para alguna construcción que cubriera necesidades específicas.

La realidad es que los terratenientes locales temieron siempre la formación de un ejido, motivo por el cual tampoco tramitaron nunca un transformador y una cadena de postes que cubriera menos de 300 metros de distancia desde la línea de transmisión de alto voltaje hasta las casas de los moradores de Estación Moreno.

Así, sin expectativas y sin las más mínimas comodidades, casi nadie pudo vivir allí durante muchos años.

Una excepción fue la familia que vivió en la casa de la fotografía. Arriba de ella había una larga antena cuya tierra bajaba para enterrarse al lado izquierdo de la ventana que se aprecia en la fotografía siguiente:



Con esta antena captaba las señales un radio de la marca telefunken, muy similar al de la fotografía presentada al principio y con una estructura interna como la que se observa enseguida:



Como el sistema de transistores no entraba todavía al mercado, el radio funcionaba con un conjunto de siete bulbos numerados como: ECC85, ECH81, EF93, EABC80, EM80, EL84 y EZ80.




En lo que se refiere a consumo de baterías, era un sistema extremadamente caro, pues era un mecanismo de bulbos que requería mucha energía eléctrica. Por esa razón, se fabricaba un sistema de baterías secas tamaño D, que eran unidas en grupos en serie, que después eran conectados en paralelo para proporcionar el voltaje y el amperaje correcto. Se presentaban en un bulto que era ligeramente mayor a una caja de zapatos, pero mucho más pesada.

Además de la belleza de su sonido, la característica principal del radio Telefunken era que tenía cuatro bandas: la de onda larga de la amplitud modulada, que todavía se usa, más tres bandas de onda corta que cubrían una gama de posibilidades muy amplia.

Durante el día se captaban las radiodifusoras de la Ciudad de Hermosillo, al menos una de Guaymas y otra de Ciudad Obregón, así como una que emitía desde La Paz, Baja California. Todas transmitían en la onda larga, que ahora se conoce simplemente como AM.

Durante las noches, el sistema de onda corta de ese radio permitía captar la XEW, que emitía desde la Ciudad de México; la Voz de América, del gobierno de los Estados Unidos; Radio Moscú, que emitía desde la capital de la Unión Soviética. Por la tarde, y hasta ciertas horas de la noche, se escuchaba también Radio Habana, desde Cuba.

Aquellas transmisiones brindaban una multitud de noticias desde todos los ángulos políticos disponibles a través de las ondas de radio.

De vez en cuando se captaban las conversaciones entre pescadores del Mar de Cortés, sus quejas y muy pocos de sus éxitos. Ellos se expresaban con un lenguaje muy florido en palabrotas.

Una noche de verano de 1968 nos enteramos, primero a través de la XEW, de la invasión de Checoslovaquia por parte de fuerzas armadas del Pacto de Varsovia. Era un tono bastante sobrio que fingía imparcialidad.

Luego siguió el turno de escuchar la Voz de América, en la cual más que dar la noticia condenaban el avance de los ejércitos de casi todos los países que rodeaban a Checoslovaquia.

Por último, se escuchó Radio Moscú, donde se informaba que, siguiendo acuerdos previos, los países del Pacto de Varsovia habían acudido al auxilio de Checoslovaquia para reorganizar el gobierno y ayudarlo a retomar el rumbo de la construcción del socialismo.




El dueño del radio Telefunken descansaba del trabajo del día, semirecostado en una poltrona de acero en el porche de la casa. Tenía en una de sus manos un paliacate rojo que usaba lo mismo para secarse el sudor que para espantarse los zancudos, y cuando terminó de escuchar la versión de Radio Moscú, se levantó diciendo: cada quien cuenta lo que quiere, y se fue a terminar las labores que todavía tenía pendientes, antes de poder pensar en acostarse a dormir.

martes, 14 de septiembre de 2010

Un jabalí pastor del rebaño de cabras de Estación Moreno


En la foto aparece un puerquito jabalí que prestó su servicio como pastor de cabras, fue el mejor cuidador del rebaño originado en Estación Moreno, pues sabía guiarlo y protegerlo, lo conducía de ida y regreso al campo para que las cabras se alimentaran. Cuando alguna persona o animal extraño se acercaba al rebaño previsoramente el jabalí se interponía entre ellos, marcando la distancia más allá de la cual no debían arrimarse. Aprendió a hacerlo en virtud de su inteligencia, ya que no fue entrenado para esa tarea.

Contrario al pensamiento de mucha gente el jabalí no era agresivo, no obstante haber vivido varios años nunca atacó a persona alguna, en cambio era amistoso con la gente como lo muestra la foto. El niño más pequeño que aparece a su lado le hacía mucho daño, pero el animalito simplemente gruñía y le pegaba con la trompa causándole pequeños rasguños. El jabalí fue domesticado por Don Miguel mediante el procedimiento de pegarlo a las tetas de las cabras para que tomara leche una vez que se quedó sin la madre, de allí que se sintiera parte del rebaño y su defensor voluntario.

¿Por qué el jabalí sobrevivió con la leche de cabra?


Los estudios científicos empiezan a demostrar algo que se repetía entre los habitantes de Estación Moreno Sonora: que la leche de cabra es más benéfica para los niños que la de vaca. La prueba y el error permitieron comprender que los niños consumían bien la leche de las chivas, pero enfermaban del estómago cuando consumían la de ganado vacuno.

Además de niños, en Estación Moreno se criaron, becerros, potrancas, perritos recién nacidos y el pequeño jabalí de la foto. Pero lo que podría tomarse como una conseja popular, es ahora una realidad que la ciencia ha empezado a demostrar. En el año 2007 se dió a conocer un estudio del Departamento de Fisiología de la Universidad de Granada ha revelado que la leche de cabra tiene más propiedades benéficas para la salud que la leche de vaca. Entre los aspectos benéficos de la leche proveniente del ganado caprino se menciona que su consumo previene una forma de anemia por deficiencia de hierro, así como ayuda a evitar la desmineralization de los huesos, lo cual se manifiesta como un reblandecimiento de los mismos.

El tipo de anemia a que nos referimos se llama científicamente anaemia ferropénica. Para corroborar la información agregamos enseguida los datos que permiten al lector revisar lo que se informa:

La investigación fue dirigida por el Doctor Javier Díaz Castro, con la colaboración de Margarita Sánchez Campos, María Inmaculada López Aliaga y María José Muñoz Alférez. La noticia sobre los resultados de estos investigadores fue dada a conocer el 31 de julio de 2007, después de trabajar con ratas de laboratorio a las cuales se les indujo descalcificación de los huesos y anemia ferropénica, se les administró, a grupos separados, leche de cabra o leche de vaca. Se encontró que los animales que consumían leche de cabra mejoraron más rápidamente que los segundos. Sin embargo, como corresponde a la cautela que caracteriza a los estudios científicos, los autores informan que no deseaban adelantar conclusiones hasta poder trabajar con humanos, para lo cual esperaban la autorización por parte de las autoridades competentes.

Si Usted puede leer el Inglés, es aconsejable consultar los detalles en el siguiente portal de noticias científicas:

Fuente: http://www.sciencedaily.com/releases/2007/07/070730100229.htm

sábado, 4 de septiembre de 2010

Arte con alambre en Estación Moreno Sonora




Sería tal vez el año de 1971 o el de 1972 en Estación Moreno Sonora, cuando uno de sus habitantes se encontró un pedazo de alambre enredado con cierto orden para fabricar alguna clase de vasija cuya forma apenas se había empezado a esbozar. Probablemente el trabajo de alambre fue iniciado por alguno de los cuidadores del ganado que entonces se embarcaba hacia otros sitios del estado de Sonora, o del país, o de los Estados Unidos.

Con todo y que estaba a medio empezar, la armadura de alambre tenía la estructura suficiente para mostrar cómo seguir con el trabajo cuando se lo encontró un joven estudiante de historia que pasaba sus vacaciones allí. Consciente de que Doña Conchita gastaba parte de su tiempo buscando o improvisando dónde guardar sus insumos de cocina, el muchacho continuó con el proceso de curvar y enredar el alambre para terminar la forma de una canastilla que terminó albergando huevos en la cocina.





Eran alambres de paca, duros y resistentes, que venían por pares para mantener unidos los paquetes de alfalfa que servían para alimentar al ganado que era embarcado para alimentar mexicanos o extranjeros. Quiero decir con esto que no era tarea fácil enredar un alambre diseñado para el manejo pesado y rudo de los trabajadores del campo que alimentaban al ganado. Sin embargo, un poco de callos en las manos, un montón de paciencia adornada con perlas de sudor, más mucho tiempo disponible, terminaron dando la experiencia que permitió convertir una necesidad, combinada con curiosidad, en una actividad que a la vuelta de los años terminó por apreciarse como un arte que se guarda en dos casas de dos países distintos.



Una de estas casas se encuentra en Hermosillo Sonora, la otra en Phoenix Arizona.